“Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”

Posted March 4, 2018 by SantaMaria in Catolico

Muy queridos hermanos y hermanas, los saludo afectuosamente en este tercer domingo de Cuaresma, deseándoles todo bien en el Señor.

La primera lectura de hoy nos presenta los diez mandamientos de la Ley de Dios. Quizá para algunos les sea un poco difícil escuchar los mandamientos en una época en que se vive con un pensamiento relativista, el cual postula que el individuo es la medida de sí mismo y que nada ni nadie debería imponer reglas, especialmente de orden moral. Particularmente cuesta aceptar a la Iglesia y a todas las iglesias y religiones en la medida que nos recuerden estos mandamientos o nos den cualquier orientación en el comportamiento que se requiere en el mundo de hoy.

Sin embargo, reglas hay por todas partes: en el deporte, en el trabajo, en cualquier agrupación, sin olvidar las leyes de cada nación y pueblo, pues las reglas y normas son indispensables para la sana convivencia humana. Por otra parte, los mandamientos corresponden perfectamente a lo que la ley natural le dicta a cada persona en su conciencia.

Es probable que muchos hayan olvidado los diez mandamientos o que jamás los hayan memorizado, pero a pesar de esto, con mucho provecho podemos reflexionar sobre cada uno de ellos y esforzarnos por fijarlos en nuestra memoria y en nuestro corazón, encontrando la felicidad plena al ponerlos en práctica. Con gran beneficio también podríamos leer lo que dice de cada mandamiento el Catecismo de la Iglesia Católica, que nos ayudará a profundizar y encontrar el verdadero sentido de cada uno. Quien no tenga el Catecismo en su casa, le recomiendo que lo adquiera o que lo busque en internet para leerlo ahí. Muy oportuno en esta cuaresma será esta lectura y reflexión, aunque fuera en lugar de otros sacrificios, dedicando una media hora diaria durante esta semana.

Los primeros tres mandamientos se refieren al amor a Dios y nos llaman a no divinizar a nada ni a nadie; a referirnos con respeto a Dios y todo lo sagrado que le rodea; y a santificar las fiestas dedicándole al Señor algunos días del año comenzando por los domingos, palabra que significa “Día del Señor”.

Los otros siete mandamientos se refieren al amor al prójimo. El cuarto mandamiento nos manda honrar a nuestros padres. En este tiempo en que las costumbres y los sistemas educativos están de cabeza, en muchas familias parece que los papás se dedican a honrar a sus hijos, dándoles todo lo que les piden y hasta lo que no les piden. Otras personas que representan a los papás y que deberían ser una extensión de su autoridad, como los maestros en la escuela, se sienten siempre en peligro de ser acusados por “exceso” de autoridad. Veneremos a nuestros padres y demás autoridades, con la obediencia y el respeto que nos merecen. Ayudemos al los niños y a los jóvenes a entender, practicar y gozar este mandamiento, como lo hicimos la mayoría de los miembros de la tercera edad en nuestro tiempo.

En cuanto a los otros mandamientos, les recomiendo ante todo leer y reflexionar lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia sobre el sexto y el séptimo mandamiento. Les aseguro que se van a encontrar con un tesoro.

La segunda lectura de este domingo, tomada de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, nos presenta dos actitudes extremas ante la fe y ante la persona de Jesús que tenían los judíos o los griegos, y que todavía hoy las tienen la mayor parte de las personas. Actualmente, al igual que los judíos de aquel tiempo muchos esperan milagros para poder creer, y al igual que los griegos de aquel tiempo, muchos quieren entenderlo todo desde la lógica humana o desde los postulados de las ciencias. Los cristianos ofrecemos como carta de presentación la cruz de nuestro Señor Jesucristo, “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 1, 23).

El santo evangelio de hoy según san Juan, nos presenta la expulsión de los vendedores del templo. Jesús en forma violenta, con un látigo hecho de cordeles, echa fuera a los mercaderes del templo con sus vacas, ovejas y palomas, que se vendían para ser ofrecidas en sacrificio; y a los cambistas les tumba las mesas con todo su dinero. El reclamo de Jesús es este: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2, 16).

El comercio no es malo en sí mismo pues es necesario para que las personas obtengamos, por intercambio, los bienes que necesitamos para nuestra vida. El comercio se vuelve malo cuando es injusto, sea en transacciones personales o internacionales. Hay una injusticia generalizada cuando la mayoría de las personas, por su bajo salario, no tienen acceso a los bienes indispensables para una vida digna. Definitivamente que llevar el comercio a las cosas de Dios puede convertirse en un verdadero sacrilegio cuando se realiza dentro del templo o cuando la persona no puede acceder a un sacramento por lo que debe pagar a cambio. En ese caso el pecado se llama simonía.

Jesús defiende el templo y ojalá que cada uno de nosotros respete y haga respetar todos nuestros templos, aunque se trate de la más humilde capilla, pues son casas de oración. Hay un signo profético en esta acción de Jesús pues ya no harán falta más víctimas, ya que él será la única víctima que con su sacrificio único traerá la salvación para todos, con el perdón de los pecados que aquellas otras víctimas no podían alcanzar.

Además, hay otra profecía al anunciar Jesús que el “templo” de su cuerpo iba a ser destruido y él lo reconstruiría en tres días; profecía que cumplió con su muerte en la cruz y con su resurrección de entre los muertos al tercer día. De ahora en adelante, Jesús es el único Templo que nos congrega, sea en una enorme basílica, sea en una pequeña capilla o aún fuera de un edificio sagrado, pues donde estemos los cristianos reunidos por nuestra fe en Cristo, aunque sólo seamos dos, Jesús estará en medio de nosotros tal como lo prometió (cfr. Mt 18, 20).

Cualquiera puede creer al ver un prodigio, como muchos creyeron en Jesús en aquellos días al ver los prodigios que hacía. Sin embargo, Jesús no se fiaba ni se fía hoy por esta clase de fe, pues él conocía y conoce lo que hay dentro del corazón de cada uno. Muchos pueden engañarnos, como sucede a veces en algunas campañas políticas o así como cada uno de nosotros puede engañar a otros con falsedades y dobleces. Pero al Señor nadie lo engaña, así que seamos sinceros con Él, siendo también sinceros y auténticos con todos.

¡Sea alabado Jesucristo! Tengan todos una feliz semana.