Este capítulo 21 del Evangelio de San Juan contiene una línea que es, por mí, una de las líneas más conmovedoras de todas las lecturas del tiempo de Pascua. Y no es la línea citada arriba, que el Señor repita tres veces: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” No, es la línea al principio del evangelio, aparentemente sin importancia: “Simón Pedro les dijo a sus compañeros: “Voy a pescar.” (Jn. 21:2). ¡¿De verdad?! La semana pasada, vimos unos versos antes, al fin del capítulo 20 en el evangelio de San Juan, cuando los apóstoles se reunían en el cenáculo en el día de la Resurrección – y otra vez, ocho días más tardes – como el Señor Jesús se presentó en medio de ellos y les concedió el don de la paz, del Espíritu Santo, y el poder de perdonar los pecados. ¡Este es el evento de Pentecostés por San Juan, estrechamente vinculado al misterio de la cruz y la resurrección! Y Jesús les dio también a los discípulos en este momento la gran comisión: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo.” (Jn. 20:21). Entonces, esperamos que, al igual que en el día de Pentecostés en el relato de San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, veremos a los Doce aquí en San Juan, llenos del Espíritu Santo, predicando la buena nueva audazmente en Jerusalén. Que oiremos San Juan describiendo los apóstoles bautizando y perdonando los pecados de la muchedumbre, según la misión que Cristo les había dado. Si hubieran encontrado al Cristo resucitado, a menos pensábamos que los discípulos se habrían hallado juntos, rezando fervientemente en el cenáculo. Pero, ¡¿ir de pesca?! ¿En el mar de Galilea, de vuelta con sus barcos y sus redes? Es como si Pedro Homelía por una Misa de Instalación como Parroco (5 de mayo 2019) Meditación sobre Juan, capítulo 21: ‘Simón, ¿me amas?’ y los demás seis discípulos en el evangelio de hoy hubieran perdido la esperanza, hubieran decidido volver a su antigua forma de vida. Entonces Jesús no les dice hoy, en la orilla del mar, cosas exaltadas como en las dos primeras apariciones del Señor resucitado en el cenáculo en Jerusalén. No: “Paz sea con Uds., reciban el Espíritu Santo.” No: “A los que perdonen los pecados, se quedarán perdonados.” Más bien, sencillamente, personalmente, tomando a Pedro a un lado, preguntándole: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ¿Me quieres?” Y entonces, “Apacienta mis ovejas.” Esta es una gran causa para la reflexión en este día en lo cual Monseñor Caggiano me instala como su décimo quinto pastor en la parroquia de San Carlos Borromeo. En mi opinión los períodos de mayores problemas en la historia de la Iglesia tienen lugar cuando nuestro amor por el Señor nos falla, como el amor del Pedro hoy. Y por esa razón, dejamos de cuidar el rebaño de Señor, la Iglesia de Jesucristo. En mi opinión los períodos de mayores problemas en la historia del sacerdocio, de obispos y presbíteros y diáconos, tienen lugar cuando dejamos de amar al Señor más que a los demás. Y por esa razón, no amamos suficiente al pueblo de Dios, que es el Cuerpo de Cristo. Hermanos míos muy queridos, en este día de mi instalación como su párroco, no me presento a Uds. como el candidato lo más atractivo, o lo más dinámico, o el más sano. Pero yo les pido, sencillamente y sinceramente, por favor rueguen por mí, que sea yo, sí, un párroco por San Carlos que ame al Señor, y que ame a Uds., su rebaño, más que lo demás.