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Posted May 18, 2019 by SantaMaria in Archive Post

Este capítulo 21 del Evangelio
de San Juan contiene una línea que
es, por mí, una de las líneas más
conmovedoras de todas las lecturas
del tiempo de Pascua. Y no es la
línea citada arriba, que el Señor
repita tres veces: “Simón, hijo de
Juan, ¿me amas?” No, es la línea
al principio del evangelio, aparentemente sin importancia: “Simón
Pedro les dijo a sus compañeros:
“Voy a pescar.” (Jn. 21:2).
¡¿De verdad?! La semana
pasada, vimos unos versos antes,
al fin del capítulo 20 en el evangelio de San Juan, cuando los
apóstoles se reunían en el cenáculo en el día de la Resurrección – y
otra vez, ocho días más tardes
– como el Señor Jesús se presentó
en medio de ellos y les concedió
el don de la paz, del Espíritu
Santo, y el poder de perdonar
los pecados. ¡Este es el evento de
Pentecostés por San Juan, estrechamente vinculado al misterio
de la cruz y la resurrección! Y
Jesús les dio también a los discípulos en este momento la gran
comisión: “Como el Padre me
ha enviado, así también los envío
yo.” (Jn. 20:21).
Entonces, esperamos que, al
igual que en el día de Pentecostés
en el relato de San Lucas en los
Hechos de los Apóstoles, veremos
a los Doce aquí en San Juan, llenos del Espíritu Santo, predicando la buena nueva audazmente
en Jerusalén. Que oiremos San
Juan describiendo los apóstoles
bautizando y perdonando los
pecados de la muchedumbre,
según la misión que Cristo les
había dado. Si hubieran encontrado al Cristo resucitado, a menos
pensábamos que los discípulos se
habrían hallado juntos, rezando
fervientemente en el cenáculo.
Pero, ¡¿ir de pesca?! ¿En el mar
de Galilea, de vuelta con sus barcos y sus redes? Es como si Pedro
Homelía por una Misa de Instalación como Parroco (5 de mayo 2019)
Meditación sobre Juan, capítulo 21: ‘Simón, ¿me amas?’
y los demás seis discípulos en el
evangelio de hoy hubieran perdido
la esperanza, hubieran decidido
volver a su antigua forma de vida.
Entonces Jesús no les dice hoy, en
la orilla del mar, cosas exaltadas
como en las dos primeras apariciones del Señor resucitado en el
cenáculo en Jerusalén. No: “Paz
sea con Uds., reciban el Espíritu
Santo.” No: “A los que perdonen
los pecados, se quedarán perdonados.” Más bien, sencillamente,
personalmente, tomando a Pedro
a un lado, preguntándole: “Simón,
hijo de Juan, ¿me amas? ¿Me quieres?” Y entonces, “Apacienta mis
ovejas.”
Esta es una gran causa para
la reflexión en este día en lo cual
Monseñor Caggiano me instala
como su décimo quinto pastor
en la parroquia de San Carlos
Borromeo. En mi opinión los
períodos de mayores problemas
en la historia de la Iglesia tienen
lugar cuando nuestro amor por
el Señor nos falla, como el amor
del Pedro hoy. Y por esa razón,
dejamos de cuidar el rebaño de
Señor, la Iglesia de Jesucristo.
En mi opinión los períodos de
mayores problemas en la historia
del sacerdocio, de obispos y presbíteros y diáconos, tienen lugar
cuando dejamos de amar al Señor
más que a los demás. Y por esa
razón, no amamos suficiente al
pueblo de Dios, que es el Cuerpo
de Cristo.
Hermanos míos muy queridos, en este día de mi instalación
como su párroco, no me presento
a Uds. como el candidato lo más
atractivo, o lo más dinámico, o
el más sano. Pero yo les pido,
sencillamente y sinceramente, por
favor rueguen por mí, que sea yo,
sí, un párroco por San Carlos que
ame al Señor, y que ame a Uds.,
su rebaño, más que lo demás.


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